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jueves, 12 de febrero de 2026

RESEÑA DE "CONTRA LA DISTOPÍA.LA CARA B DE UN GÉNERO DE MASAS" DE LA CAJA BOOKS

 


Reseña de Contra la distopía. La cara B de un género de masas

Francisco Martorell Campos (La Caja Books, 2021)

Contra la distopía se distingue dentro de la bibliografía reciente por su enfoque original y crítico, centrado en los aspectos negativos, ambiguos y contradictorios del imaginario distópico contemporáneo. Francisco Martorell Campos no analiza la distopía únicamente como género literario o cinematográfico ni como simple advertencia futurista, sino como un dispositivo cultural y político que dice mucho sobre nuestras sociedades presentes: aquello que temen, aquello que naturalizan y aquello que ya no saben imaginar.

El punto de partida del libro es deliberadamente inusual. Martorell declara abiertamente su fascinación por el género —“amo las distopías”— y desde esa posición construye una crítica inmanente, no moralista ni elitista. Precisamente porque ha consumido y disfrutado estas narrativas desde joven, su pregunta no es si la distopía es legítima como forma cultural, sino qué efectos produce su hegemonía sobre la imaginación política contemporánea. ¿Qué ocurre cuando el futuro solo parece pensable en clave de catástrofe? ¿Qué tipo de sensibilidad política se fomenta cuando imaginar alternativas se vuelve casi imposible?

En continuidad con su obra anterior, Soñar de otro modo (2019), donde analizaba el eclipse histórico de la utopía, Contra la distopía aborda el reverso del fenómeno: la centralidad cultural del futuro negativo. El objetivo no es negar la potencia crítica del género, sino mostrar sus ambigüedades, contradicciones y efectos políticos no deseados, muchos de ellos profundamente conservadores.

El libro se estructura en tres grandes bloques que permiten articular una lectura progresiva del fenómeno. El primero, Distopiland, construye un mapa sociológico y afectivo del auge distópico. Martorell entiende la proliferación de estas narrativas como síntoma de una época dominada por el miedo, la inseguridad y la impotencia política. La popularidad masiva de sagas como Los juegos del hambre, Divergente, el renovado éxito de 1984 tras la llegada de Trump, o la centralidad cultural de El cuento de la criada y Black Mirror evidencian que la distopía se ha convertido en un producto cultural de masas, rentable y transversal. El autor acuña aquí el término distopofilia para describir esta auténtica adicción colectiva al futuro negativo.

Sin embargo, el diagnóstico va más allá del mercado cultural. El auge de la distopía se explica por transformaciones estructurales profundas: el declive de la esperanza social, la incapacidad de imaginar alternativas al capitalismo, el individualismo neoliberal y la consolidación del miedo como emoción política dominante. Inspirándose en autores como Bauman, Beck, Jameson o Mark Fisher, Martorell muestra cómo hemos pasado de una cultura orientada por el deseo y la transformación a otra regida por la prevención del desastre. Ya no aspiramos a lo mejor, sino a evitar lo peor.

El segundo bloque, La distopía retratada, afina el análisis conceptual. Martorell propone una definición rigurosa de la distopía como género político de la ciencia ficción: la representación de sociedades futuras peores que la nuestra, surgidas del desarrollo extremo de tendencias ya presentes. Esta precisión le permite desmontar usos inflacionarios del término y cuestionar lecturas acríticas, como ocurre en su análisis de El hoyo, que interpreta más bien como alegoría moral abstracta que como distopía propiamente dicha.

Uno de los aportes más sugerentes del libro es la genealogía conceptual del género. La distopía surge históricamente como advertencia frente a ciertos proyectos utópicos obsesionados con la planificación, la homogeneidad y el control. No obstante, Martorell se distancia de la lectura liberal clásica que identifica sin más utopía y totalitarismo, una asociación que considera simplista e históricamente insostenible. Los totalitarismos del siglo XX no pueden explicarse por una sola causa, aunque algunas tradiciones utópicas hayan funcionado como imaginarios legitimadores.

Frente a la utopía clásica —cerrada, estática y sin conflicto— Martorell defiende una utopía abierta, ambigua y autocrítica. La ruptura se produce con Los desposeídos de Ursula K. Le Guin, donde se describe una sociedad mejor que la nuestra, pero atravesada por tensiones internas y desigualdades persistentes. Esta concepción será desarrollada posteriormente en la trilogía marciana de Kim Stanley Robinson, donde la utopía no es un estado final, sino un proceso histórico conflictivo. Esta reformulación va acompañada de una defensa clara, aunque no ingenua, de la democracia como marco mínimo indispensable para cualquier imaginación emancipadora contemporánea.

El tercer bloque, Distopía: la cara B, profundiza en los aspectos menos visibles del género: individualismo extremo, determinismo tecnológico, desfases temporales, revoluciones truncadas, glorificación del trabajo y concepciones obsoletas del poder. Martorell muestra cómo estas constantes ideológicas convierten la distopía dominante en un laboratorio de tensiones éticas que, lejos de impulsar la acción colectiva, tiende a consolidar lo que denomina activismo reactivo: una política defensiva, orientada a evitar pérdidas y catástrofes, pero incapaz de conquistar derechos nuevos o imaginar transformaciones profundas. La paradoja es clara: la distopía pretende criticar el presente, pero acaba legitimándolo al sugerir que cualquier alternativa sería aún peor.

Esta crítica no implica una condena indiscriminada del género ni de la ciencia ficción en general. Existen distopías valiosas, capaces de funcionar como herramientas de reflexión y no como mecanismos de parálisis. El problema surge cuando la distopía se absolutiza como único horizonte imaginable y clausura cualquier proyección positiva del futuro. De ahí la importancia de abrir el campo a otros imaginarios —como el solarpunk— que, sin negar los conflictos reales, recuperen la capacidad de imaginar transiciones, soluciones colectivas y futuros deseables.

En suma, Contra la distopía es un ensayo incómodo, lúcido y profundamente necesario. No es un libro contra la ciencia ficción, sino contra la renuncia colectiva a imaginar alternativas. Con rigor filosófico, claridad pedagógica y un amplio dominio de la cultura popular —de Orwell y Huxley a Matrix o Black Mirror, pasando por Bloch, Adorno, Jameson, Fisher o Castoriadis— Martorell ofrece una lectura ética y política que enriquece de forma decisiva el estudio de la distopía contemporánea. En un momento histórico marcado por el miedo, el presentismo y la impotencia, su propuesta funciona como una llamada a reconstruir la imaginación política y a reaprender a desear el futuro, sin garantías, pero con esperanza.

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