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jueves, 15 de enero de 2026

RESEÑA DE "DÍAS DE VIDEOCLUB" DE YERAY EDICIONES

 


RESEÑA DE "DÍAS DE VIDEOCLUB" DE YERAY EDICIONES

En 1979 se crearon en España los primeros videoclubs, dando origen a una industria videográfica que, en apenas unos años, transformaría radicalmente la forma de consumir cine y de relacionarse con el audiovisual. Hoy en 2026, se cumplen 47 años desde la apertura de esos primeros establecimientos pioneros. Casi medio siglo después, el videoclub ha desaparecido como modelo comercial, pero ha adquirido un valor inesperado como objeto de memoria, nostalgia y reivindicación cultural. Ese es el territorio que explora Días de videoclub, el libro de Juan José Zanoletty editado por Yeray Ediciones.

Zanoletty, autor, realizador y técnico audiovisual, cuenta con una trayectoria consolidada en el análisis de la cultura popular y la animación desarrollada principalmente en Yeray Ediciones .En 2022 publicó Las otras series de animación con Applehead Team Creaciones, un completo repaso a las series animadas de culto de la segunda mitad del siglo XX. Con anterioridad, y en su mayoría de la mano de Yeray Ediciones, había firmado títulos como ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Una aventura por los avances de la animación (2019), Los dibujos animados de Ub Iwerks (2020), De NIMH a Titan A. E. La magia animada de Don Bluth y Gary Goldman (2022) y Cancelación. Los dibujos animados que no puedes ver (2025), todos ellos centrados en el análisis, la historia y la cultura de la animación. Con Días de videoclub, amplía su mirada hacia un fenómeno que marcó a varias generaciones de espectadores y cinéfilos.

La portada creada por el ilustrador Carlos Cara es toda una declaración de intenciones: el Dr. Herbert West, de Re-Animator, aparece rodeado de cintas de video que rinden homenaje a clásicos y joyas de culto del cine, como El alimento de los dioses, Tron, Pesadillas para una mente enferma, La ejecutora con la actriz erótica Brigitte Lahaie , Cannibal Holocaust, No profanar el sueño de los muertos, Bajo el vestino nada, El Imperio contraataca, La condesa Drácula, Akira y Bruce Lee, el superhéroe.

El videoclub como espacio social y cultural es uno de los ejes centrales del libro. Más allá de su función comercial, el videoclub fue una filmoteca popular, un punto de encuentro y una escuela informal de cine. Allí se aprendía a elegir, a juzgar por carátulas, a recomendar títulos y a descubrir películas que nunca llegaban a las salas. Para muchos barrios, el videoclub sustituyó al cine de sesión continua y se convirtió en un auténtico centro cultural doméstico.

El libro reconstruye los primeros días del videoclub en España en un contexto marcado por la reconversión industrial de los años ochenta. Miles de trabajadores encontraron en el vídeo doméstico una salida laboral, impulsando un modelo de negocio que creció de forma caótica. Locales pequeños, estanterías improvisadas y sistemas de control manual convivían con una demanda desbordada que hacía que las cintas pasaran directamente del mostrador a las manos del siguiente cliente.

Un capítulo especialmente evocador está dedicado a la colección Walt Disney Home Video y las míticas carátulas blancas, auténticos iconos generacionales. Aquellas ediciones consolidaron la idea del cine familiar como objeto doméstico recurrente y sentaron las bases del coleccionismo infantil, marcando a fuego la memoria visual de toda una generación.

Zanoletty no esquiva temas incómodos y analiza el cine adulto en el videoclub y su normalización legal, explicando cómo el VHS permitió regularizar y canalizar un tipo de contenido que hasta entonces se movía en los márgenes. El videoclub se convirtió así en un espacio donde convivían el cine familiar, el terror más extremo y el erotismo, reflejando una nueva libertad cultural.

Otro de los capítulos está dedicado a la guerra de formatos: Beta contra VHS. El libro explica cómo, pese a su mayor calidad técnica, Betamax fue derrotado por un VHS más largo, más barato y mejor adaptado al alquiler. Fue en los videoclubs donde se decidió definitivamente qué formato dominaría el mercado y, con ello, el futuro del cine doméstico.

Las estanterías del videoclub fueron también el caldo de cultivo para la explosión del cine de artes marciales, con Bruce Lee como mito fundacional y una avalancha posterior de títulos asiáticos que encontraron en el VHS su espacio natural. De forma paralela, el vídeo doméstico impulsó el nuevo star system de forzudos en Hollywood, consolidando figuras como Schwarzenegger, Stallone, Van Damme o Seagal gracias a la repetición constante y al consumo intensivo en casa.

Uno de los aspectos más sugerentes del libro es su análisis de la artimaña coleccionista y el nacimiento del fetichismo VHS. Las carátulas, los lomos desgastados, las ediciones imposibles y los recuerdos asociados al primer impacto visual explican la nostalgia actual y el auge del coleccionismo. Muchos aficionados buscan hoy esos mismos VHS que les marcaron de niños, no tanto por su calidad técnica como por su carga emocional.

Zanoletty también reflexiona sobre letterbox, recortes y versiones mutiladas, recordando cómo generaciones enteras crecieron viendo películas en formatos alterados, con encuadres recortados y metrajes incompletos. El videoclub redefinió así, para bien y para mal, la experiencia cinematográfica doméstica.

El fenómeno Video Nasty ocupa un espacio destacado como ejemplo del pánico moral que rodeó al VHS. Películas perseguidas, censuradas o prohibidas alimentaron el aura transgresora del videoclub y convirtieron ciertas cintas en objetos de culto deseados precisamente por su condición marginal.

Llegados a este punto, el libro plantea una cuestión clave: ¿de verdad Internet mató al videoclub? Zanoletty desmonta la explicación simplista y señala factores como la saturación del mercado, la mala gestión, la presión de las distribuidoras y la pérdida de identidad del formato físico como causas igual de determinantes.

En esa línea crítica, se aborda el fraude de los formatos y la promesa incumplida del DVD. Lejos de ser la panacea anunciada, muchas ediciones llegaron con transferencias pobres, recortes encubiertos y una pérdida del espíritu coleccionista que había definido al VHS.

Finalmente, Días de videoclub mira hacia el futuro y la herencia del videoclub, reivindicando su influencia en la cultura cinéfila contemporánea: festivales de género, ciclos de culto, sesiones especiales y una memoria compartida que sigue muy viva.

De sus 170 páginas, aproximadamente un tercio (unas 50) corresponde al texto, mientras que el resto concede un protagonismo absoluto a las carátulas, auténticas cápsulas de memoria visual. Esta estructura refuerza el carácter evocador del libro y lo convierte en una experiencia tanto de lectura como de contemplación.

En definitiva, Días de videoclub es una obra altamente recomendable para quienes vivieron aquella época y para quienes quieran entender cómo el VHS y el videoclub transformaron para siempre nuestra relación con el cine. Un viaje nostálgico y lúcido a una revolución doméstica que, 47 años después de su nacimiento, sigue proyectando su sombra cultural.

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