RESEÑA LA CHICA DE SERIE B DE AUTSIDER COMICS
La chica de Serie-B
Sergio Mora (Autsider Cómics, 2024)
La chica de Serie-B se alza como un acto de justicia poética hacia una creadora cuya vida parece ya, por sí sola, una novela de fantasía trágica: Millicent Patrick. Su vida, marcada por el talento precoz, la invisibilización sistemática y la apropiación de méritos por parte de la industria, resume como pocas el reverso oscuro del Hollywood clásico. Patrick no fue solo una diseñadora de criaturas: fue animadora en Disney, ilustradora, actriz ocasional, divulgadora científica y creadora del icónico monstruo de "La mujer y el monstruo (1954)" Creature from the Black Lagoon. Una mujer capaz de entender el cine desde dentro y desde fuera, desde el dibujo y desde el cuerpo, desde la técnica y desde la emoción.
Ese carácter transversal, poliédrico y profundamente humano es el que Sergio Mora detecta y convierte en motor creativo. La chica de Serie-B no es una biografía ni un cómic histórico al uso: es una relectura libre, empática y delirante de una figura que encarna todo aquello que Mora reivindica como artista: la mezcla de disciplinas, la ausencia de jerarquías culturales, el derecho a equivocarse, el placer del artificio y la necesidad de contar historias desde el margen.
Desde sus primeras páginas, la novela-cómic se presenta como un objeto inclasificable, deliberadamente excesivo. Mora huye de la síntesis limpia y apuesta por lo que él mismo define como un “cocido” creativo: muchos ingredientes, muchas referencias, tiempos largos de cocción y una voluntad clara de no retirar nada por miedo al desorden. Esta acumulación no responde al capricho, sino a una poética consciente: la del collage, la del caos organizado, la del arte entendido como espacio de libertad absoluta.
El propio autor ha señalado que siempre ha escrito antes de dibujar, incluso en su pintura. En La chica de Serie-B, esa relación íntima con la palabra se despliega con plenitud. El texto deja de ser acompañamiento para convertirse en estructura narrativa, en ritmo, en gag verbal, en reflexión y en contradicción. La escritura es irónica, juguetona, a veces aparentemente ingenua, pero siempre atravesada por una lucidez crítica que desmonta discursos contemporáneos sin necesidad de solemnidad.
Uno de los grandes aciertos del libro es su capacidad para trabajar con el cliché sin caer en él. Personajes como Simón Sagal —cineasta ególatra, excesivo, bocachancla— funcionan como atajos narrativos que el lector reconoce de inmediato. Mora no los juzga desde una superioridad moral; los expone, los exagera y, poco a poco, los humaniza. Porque, como él mismo defiende, los clichés existen porque nacen de la realidad. El reto no es eliminarlos, sino hacerlos hablar, obligarlos a mostrar sus grietas.
En este sentido, La chica de Serie-B es también una obra profundamente contemporánea. Bajo su apariencia lúdica y su estética pulp, el libro dialoga con temas incómodos: la cultura de la cancelación, la mercantilización de las causas sociales, el miedo a expresarse, la instrumentalización del sufrimiento y la banalización de la salud mental. Mora no aborda estas cuestiones desde el panfleto ni desde la corrección política, sino desde el humor como herramienta de supervivencia, como masaje colectivo que permite tocar todos los nervios sin romperlos.
El humor aquí no es burla ni cinismo: es compasión disfrazada de absurdo. Mora entiende el humor como un mecanismo ancestral de defensa, una forma de liberar presión y de generar comunidad. Reírse no es trivializar; es mirar de frente lo insoportable sin quedar paralizado. De ahí que el libro esté lleno de situaciones grotescas, exageradas, incómodas, pero nunca crueles. La risa funciona como acto de resistencia.
Uno de los conceptos más potentes que atraviesan la obra es el de la monstruosidad. El monstruo, tan presente en la historia del cine y en la propia biografía de Millicent Patrick, se convierte aquí en metáfora central. Mora propone una idea tan simple como subversiva: a los monstruos no se les vence matándolos, sino calmándolos. El monstruo no es el otro; el monstruo somos nosotros mismos, nuestras inseguridades, miedos y contradicciones. Eliminarlo sería negarnos.
Esta visión conecta directamente con la noción de empatía que el autor desarrolla a lo largo del libro. No una empatía idealizada o sentimental, sino una empatía torpe, incompleta, llena de malentendidos. Nadie puede ponerse completamente en el lugar del otro, pero el intento —ese gesto imperfecto— es lo que nos salva de la deshumanización. La chica de Serie-B es, en el fondo, un alegato contra los discursos binarios y simplificadores, una defensa del matiz, del error y de la contradicción.
Desde el punto de vista visual, la obra refuerza esta filosofía. La estética deliberadamente imperfecta, el uso expresivo del color, la textura que remite a la risografía, el diseño que evoca las “noveluchas” de quiosco y los cómics baratos de otra época, construyen un objeto orgánico, táctil y profundamente físico. No es un libro pensado para el consumo rápido ni para la pantalla: es un artefacto que reclama tiempo, atención y complicidad.
Especial mención merece la estructura narrativa y el pacto implícito con el lector. Existe en el libro una trama secreta, un núcleo argumental que Mora ha logrado que los lectores respeten sin desvelar. No por imposición, sino por convencimiento. Este gesto habla de algo poco habitual: la confianza del autor en su público. La chica de Serie-B no se entrega del todo; exige implicación, juego, paciencia. Como el buen arte, no lo da todo mascado. El libro no se entrega entero; te pide algo a cambio. Atención, respeto, juego. Como el buen arte, confía en la inteligencia del lector.
La chica de Serie-B es una celebración del artificio, del error, del exceso y de la imaginación sin domesticar. Un monstruo pop de corazón enorme. Un libro que se ríe, que incomoda, que abraza y que, sobre todo, invita a mirar de nuevo. Porque, como demuestra Mora, solo desde la empatía y el humor es posible enfrentarse al caos sin perder la humanidad.
En conjunto, estamos ante la obra más madura, libre y consciente de Sergio Mora. Un libro que no busca agradar a todos, que no responde a modas ni a estrategias de mercado, que se permite el lujo de ser raro, excesivo, contradictorio y profundamente humano. Un libro editado sin pensar en marketing, sin miedo a no encajar, sin voluntad de agradar a todos. Un monstruo narrativo de corazón enorme, una marcianada deliciosa, un homenaje sincero a una creadora olvidada y, al mismo tiempo, un espejo deformante y profundamente humano de nuestro presente. Un homenaje a una creadora olvidada, sí, pero también un espejo deformante de nuestro presente cultural. Un libro que se ríe, pero no se burla. Que exagera, pero no vacía. Que parece ligero, pero pesa. Como los buenos monstruos.


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