RESEÑA DE "EL SUPERHÉROE DE LAS MIL CARAS" DE ERRATA NATURAE
En El superhéroe de las mil caras, Enric Ros se aproxima al territorio de los superhéroes desde una posición poco habitual: la de un lector apasionado que no renuncia a la distancia crítica ni a la libertad ensayística. El punto de partida del libro es claro y ambicioso: estas figuras no pueden reducirse a simples mercancías del entretenimiento, sino que constituyen un sistema mítico contemporáneo plenamente activo, heredero de los relatos fundacionales de la cultura occidental. En sus páginas, el cómic aparece como un laboratorio simbólico donde se condensan conflictos psicológicos, tensiones políticas y dilemas morales propios de la modernidad, reivindicado no como objeto menor, sino como un espacio narrativo legítimo para pensar la realidad contemporánea.
La apertura del ensayo, articulada en torno a la noción de arrebato —entendida como experiencia estética intensa y transformadora— establece desde el inicio una poética del entusiasmo reflexivo. Para Ros, escribir sobre cómics implica recuperar el impacto de aquellas primeras lecturas que operaron como detonantes de sentido y de imaginación. El libro surge en un tiempo de suspensión colectiva, marcado por la pandemia, pero evita el repliegue confesional para convertir ese paréntesis histórico en una ocasión propicia para la reflexión cultural. Los cómics de la infancia y la adolescencia no se presentan como fetiches nostálgicos, sino como umbrales simbólicos desde los que se configuran mitologías íntimas y compartidas.
El desarrollo del libro adopta una estructura deliberadamente no lineal, acorde con la lógica expansiva del propio género superheroico. Ros construye una lectura rizomática que dialoga con la mitología comparada, el psicoanálisis, la filosofía y la historia cultural sin someterse a un aparato teórico rígido. El texto transita con naturalidad por distintas épocas, autores y tradiciones —desde los pioneros del cómic hasta sus reformulaciones contemporáneas— para mostrar cómo los superhéroes reactualizan figuras arquetípicas como el dios caído, el doble, el monstruo, el mesías o el excluido. El resultado es la cartografía de un Gran Relato fragmentario pero coherente, sostenido por décadas de narración colectiva.
Uno de los núcleos más fértiles del ensayo es su aproximación psicológica al superhéroe como figura sintomática. Ros analiza cómo la culpa, el trauma, la pulsión de muerte o la violencia estructuran muchas de las grandes sagas del género, convirtiendo a estos personajes en vehículos para procesar miedos sociales persistentes: la guerra, la amenaza nuclear, la marginación, el racismo o la alienación producida por el capitalismo. El superhéroe se revela así como una figura profundamente ambigua, atrapada entre la promesa de salvación y la imposibilidad de clausurar el conflicto que le da sentido.
A esta lectura se suma una atención sostenida a la dimensión política del género. El libro examina cómo la narrativa superheroica ha dialogado históricamente con el poder, oscilando entre la propaganda ideológica y la crítica del sistema. Desde los discursos patrióticos más explícitos hasta las relecturas autorreflexivas y subversivas, Ros muestra que el cómic ha sabido absorber tanto impulsos conservadores como fuerzas de disidencia. Esta capacidad de contradicción lo convierte en un espejo especialmente elocuente de las ambigüedades de la cultura de masas en el capitalismo tardío.
Otro de los grandes aciertos del ensayo es su defensa del cómic como arte híbrido, voraz y sin complejos. Las narrativas superheroicas se nutren indistintamente de mitologías clásicas, literatura gótica, pulp, cine, arte pop, vanguardia y cultura underground, sin establecer jerarquías entre lo culto y lo popular. Ros rehúye conscientemente cualquier tentativa de canon cerrado o de exhaustividad académica; su escritura se permite el rodeo, la digresión y el descubrimiento fortuito, invitando al lector a recorrer el archivo infinito del cómic como un territorio de exploración simbólica.
El propio título del libro, en diálogo irónico con la obra de Joseph Campbell, condensa bien esta postura. Más que aplicar mecánicamente el esquema del monomito al superhéroe, Ros se interesa por mostrar su fragmentación, multiplicación y constante reescritura en la cultura contemporánea. El superhéroe ya no responde a un trayecto único y cerrado, sino a una proliferación de relatos que reflejan una época saturada de imágenes, remakes y universos compartidos. En este sentido, el libro trasciende el análisis del cómic para convertirse en una reflexión más amplia sobre la persistencia —y la mutación— del mito en el presente.
Durante décadas, el cómic de superhéroes estuvo marcado por un prejuicio cultural que lo relegó a un consumo vergonzante, tolerado solo bajo la coartada de formatos considerados más nobles. El superhéroe de las mil caras desmonta ese complejo de inferioridad con argumentos sólidos y una mirada histórica amplia. El libro afirma que el cómic no es una distracción menor, sino una vía plenamente válida de acceso al pensamiento simbólico y a la imaginación mitológica, en continuidad directa con los grandes relatos clásicos que han estructurado la cultura occidental.
Desde esta óptica, el superhéroe se presenta como una proyección psicológica del sujeto contemporáneo: una figura que canaliza la frustración, el miedo y el deseo de orden en un mundo percibido como inestable y desbordado. Esta lectura se entrelaza con un análisis crítico de la evolución industrial del medio, que ha pasado de ser un producto popular y accesible a convertirse en un objeto de consumo elitista, marcado por ediciones de lujo y una lógica fetichista. Ros no idealiza ni condena este proceso, sino que señala la tensión entre el arrebato lector originario y la apropiación adulta del cómic como mercancía cultural.
Uno de los ejes conceptuales más potentes del libro es la reivindicación del mito como entidad impura, mestiza y en perpetua transformación. Frente a la obsesión moderna por la autoría y la pureza cultural, el ensayo defiende la reescritura, la contradicción y la traición como fuerzas creativas fundamentales. Los superhéroes, como los héroes homéricos, no pertenecen a una sola voz ni a una única época, sino que se configuran como entidades narrativas atravesadas por sensibilidades múltiples. En un tiempo en el que los grandes relatos tradicionales han perdido su autoridad, estas figuras adquieren una renovada centralidad simbólica como respuesta imaginaria al vacío de sentido.
El libro propone además una sugerente lectura del imaginario superheroico como una forma de teología laica. Los universos de Marvel y DC no sustituyen simplemente a los antiguos panteones, sino que los expanden en estructuras narrativas cada vez más complejas. Entidades abstractas que encarnan fuerzas como el tiempo, el juicio o la destrucción revelan una persistente necesidad de representar lo absoluto. En este cosmos pop, lo sagrado ya no adopta formas antropomórficas, sino conceptuales, y la metafísica se expresa mediante iconografía popular.
Ros también presta atención a la dimensión material e histórica del cómic, recordando las condiciones precarias de su producción y recepción durante buena parte del siglo XX. La censura, la precariedad editorial y el desprecio institucional deformaron muchas obras, relegándolas a ediciones defectuosas y lecturas fragmentarias. Frente a ello, el libro recupera una memoria material del medio que permite entender tanto su marginación histórica como su posterior revalorización estética y cultural.
Otro aspecto central del ensayo es la reivindicación del cómic como arte visual en sentido pleno. Las grandes planchas de los autores clásicos, concebidas a menudo para una reproducción deficiente, encierran una riqueza compositiva y formal que solo el tiempo y las ediciones cuidadas han permitido apreciar. Ros subraya que, incluso cuando esos detalles resultaban invisibles para el lector original, formaban parte de una ética creativa donde el acto de dibujar conservaba un valor intrínseco más allá del mercado.
En este recorrido, ocupa un lugar destacado la figura del androide y del ser artificial como uno de los grandes mitos modernos. Personajes diseñados para obedecer o servir acaban desarrollando conciencia, afectos y dilemas morales que los sitúan en una posición ética paradójica frente a sus creadores. El libro muestra cómo el cómic anticipó debates actuales sobre inteligencia artificial, transhumanismo y subjetividad, convirtiendo a estos seres en espejos inquietantes de nuestras propias aspiraciones y temores.
Ros no olvida, finalmente, la dimensión generacional y afectiva del cómic de superhéroes. Estas historias han sido refugio, escuela emocional y espacio de pertenencia para lectores que durante años ocultaron esa pasión bajo el peso del desprecio cultural. El ensayo reconoce ese vínculo íntimo sin idealizarlo, integrándolo en una reflexión más amplia sobre memoria, identidad y legitimación simbólica. Leer superhéroes deja de ser un gesto privado para afirmarse como una forma legítima de conocimiento cultural.
En conjunto, El superhéroe de las mil caras se presenta como un ensayo heterodoxo, lúcido y profundamente disfrutable, que reivindica el valor intelectual y simbólico del cómic sin pedir permiso ni a la academia ni al mercado. Dirigido tanto a lectores veteranos como a exploradores culturales, el libro demuestra que, más allá de la sobreexplotación industrial del género, los superhéroes siguen albergando una potencia mítica capaz de interpelarnos y ayudarnos a pensar quiénes somos y por qué, incluso hoy, seguimos necesitando héroes.

